Él sí.
Había discutido por eso durante meses.
Y ahora decía que ella estaba de viaje…
mientras su hermana usaba su ropa.
No llamé a emergencias.
Llamé al detective Ramírez.
—Necesito que vengas —le dije—. Sin sirenas.
—¿Estás dentro?
—No.
—Mantente afuera.
—No soy imprudente.
—Ese nunca fue tu problema —respondió.
El momento decisivo
Volví a tocar la puerta.
Julián abrió, furioso.
—No entiendes.
—No —le dije—. Yo recopilo.
—¿Qué?
—Detalles.
Camila apareció con una copa de vino.
—Es patética.
Julián sonrió.
—Valentina firmó todo. La casa. Poderes legales. Todo.
Mi sangre se volvió hielo.
Desde el garaje… un golpe seco.
Camila se tensó.
Julián me agarró del brazo.
—Vete.
—Suéltame.
—¿O qué?
Las luces rojas y azules iluminaron su cara.
—O explicas el garaje —dijo el detective Ramírez.
Lo que encontraron dentro
La puerta se abrió con un chirrido metálico.
Y ahí estaba.
Valentina.
En el suelo.
Atada.
Golpeada.
Viva.
Corrí hacia ella.
—Mamá… —susurró.
Ese “mamá” rompió todo dentro de mí.
Julián gritaba desde afuera:
—¡Está loca! ¡Ella hizo esto!
Camila lloraba perfectamente para las cámaras.
—Queríamos ayudarla…
Valentina levantó un dedo.
—Teléfono… me grabó…
Debajo de una lona lo encontraron.
Videos.
En ellos, Julián la obligaba a leer documentos.
—Di que te vas por voluntad propia.
—Me voy por voluntad propia… —repetía ella, drogada.
—Firma.
Silencio.
La caída