El mundo de Richard Morel se derrumbó en 1979, cuando su esposa Anne murió. Su hogar —antes lleno de sueños de hijos— se volvió de pronto un lugar silencioso. Sus amigos le aconsejaban volver a casarse, pero él permaneció fiel a las últimas palabras de Anne:
“No dejes que el amor muera conmigo. Dale un lugar donde vivir.”
Una noche de tormenta, el destino lo llevó al orfanato Sainte-Marie. Allí, entre pasillos iluminados apenas por una tenue luz, encontró a nueve bebés, hermanas, abandonadas juntas. Sus llantos resonaban en el edificio. Nadie quería adoptarlas a todas. Su separación parecía inevitable.
Richard cayó de rodillas y, con la voz quebrada, murmuró:
“Me las llevaré. A cada una de ellas.”
Su decisión desató burlas y dudas. Los servicios sociales desconfiaban. Su familia lo criticaba. Y los vecinos cuchicheaban:
“¿Qué hará un hombre blanco con nueve niñas negras?”
Pero Richard no dio marcha atrás. Vendió sus pertenencias, aceptó dos empleos y construyó con sus propias manos nueve pequeñas camas. Sus noches se llenaron de biberones, de canciones de cuna y de peinados hechos bajo la lámpara de la cocina. La vida lo ponía a prueba, pero las risas, el recuerdo de Anne y las personalidades únicas de sus hijas mantenían a la familia unida.
El risa contagiosa de Léa.
La picardía de Manon.
La ternura de Chloé.