Luego, colocó una manita sobre su estómago, sin llegar a tocarla por completo.
flotando justo encima, como si incluso el contacto fuera incierto.
—Me dijeron que no te contara nada —añadió rápidamente—. Si no, estarías triste para siempre.
Y en ese preciso instante, todo cambió.
Porque no era dolor de estómago.
No era para llamar la atención.
Era miedo.