Un bebé no dejaba de pegar su cara a la pared cada hora, siempre en el mismo sitio. Su padre pensó que era solo una fase. Pero cuando el niño por fin habló, pronunció tres palabras que lo explicaron todo, y la verdad que escondían era espeluznante.
Una tranquila mañana, Ethan, un niño de un año, se dirigió con paso torpe a la esquina de su habitación y pegó la cara a la pared. Se quedó completamente inmóvil. Ni llanto, ni balbuceo, ni un solo movimiento. David, su padre, rió nerviosamente y lo apartó.
Una hora después, Ethan lo hizo de nuevo.
Y otra vez.
Al anochecer, ocurría cada hora. Ethan dejaba de hacer lo que estuviera haciendo, se giraba hacia la misma esquina y pegaba la cara con fuerza a la pared, como si intentara desaparecer en ella. A veces se quedaba allí unos segundos. A veces casi un minuto. Nunca sonreía al hacerlo. Nunca emitía ningún sonido.
David había estado criando a Ethan solo desde que su esposa murió durante el parto. Se decía a sí mismo que los niños pequeños hacían cosas raras. Se decía a sí mismo que el dolor lo estaba haciendo reaccionar de forma exagerada. Pero en el fondo, aquello no le parecía inofensivo.
Durante los días siguientes, el patrón se volvió imposible de ignorar. Siempre era la misma esquina. El mismo lugar en la pared. David movió la cuna, la cómoda, buscó moho, comprobó si había corrientes de aire, incluso pasó la mano por la pintura buscando una grieta o un nido de insectos. No encontró nada. Aun así, ese trozo de pared se sentía extrañamente más frío que el resto de la habitación.
Empezó a quedarse en la habitación de Ethan por las noches, fingiendo contestar correos electrónicos mientras lo observaba dormir en secreto. Pero Ethan nunca lo hacía durante las siestas. Nunca cuando David lo miraba fijamente. Solo cuando estaba despierto. Solo cuando David apartaba la mirada un segundo.