Esa noche casi no dormí.
Sabía lo que la gente pensaría.
Sabía cómo se vería desde afuera.
Pero también sabía algo más.
Si no hacía nada, Sofía perdería la oportunidad más importante de su vida.
Al día siguiente acepté.
No porque quisiera casarme.
No porque estuviera enamorada.
Lo hice porque era madre.
Y porque no podía permitir que mi hija perdiera su única oportunidad.
La boda
Tres días después nos casamos en un juzgado.
Fue una ceremonia sencilla.
Sin música.
Sin invitados.
Sin celebración.
Solo nosotros, un funcionario y un pequeño ramo de flores comprado durante el camino.
Cuando firmamos los documentos, Alejandro tomó mi mano.
—La transferencia del dinero se realizará esta misma tarde.
Por primera vez en mucho tiempo sentí un pequeño alivio.
Pensé que lo peor había terminado.
Estaba equivocada.
El sobre rojo
Aquella noche regresamos a la mansión.
Alejandro pidió privacidad.
El personal se retiró.
Poco después sacó un sobre rojo de un cajón.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Porque sobre el papel había un nombre escrito.
Sofía.
Mi hija.
—¿Por qué tienes esto?
Alejandro cerró los ojos durante unos segundos.
—Porque hay algo que debí contarte antes.
Me entregó el sobre.
—Ábrelo.
Lo hice.
Dentro encontré un informe policial.
Leí el encabezado.
Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Accidente múltiple.
Víctimas fallecidas.
Sobrevivientes.
Alejandro Mendoza.
Sofía Navarro.
No.
Volví a leer.
Luego una tercera vez.
Pero las palabras seguían allí.
Mi hija y Alejandro habían estado involucrados en el mismo accidente.
La verdad oculta