PARTE 2: Durante un mes, desaparecí.
Rodrigo le contó a medio mundo que yo había caído en depresión posparto. Doña Teresa repetía durante las comidas en Polanco que yo “no tenía el valor de ser madre de un Arriaga”. Y Valeria publicó fotos en Instagram con mi esposo, con flores, velas y mensajes sobre “los milagros que Dios envía cuando el amor es verdadero”.
No respondí.
Fui a casa de mis padres en Querétaro, una gran propiedad detrás de la primera ferretería que mi abuelo había abierto con sus propias manos. Mi padre puso guardias de seguridad en la entrada. Mi madre preparó caldo de pollo con frijoles y me obligó a comer, aunque sentía que la rabia me subía por la garganta.
Todas las noches revisaba el pie izquierdo de mi hijo.
El cruasán seguía allí.
Pequeño. Perfecto. Mío.
Yo también empecé a reunir toda la información. El abogado solicitó copias al hospital. El médico privado revisó los expedientes. La enfermera a la que Rodrigo había drogado despertó confundida, y cuando se enteró de lo sucedido, accedió a testificar. No por dinero. Sino por vergüenza.
—Señora Mariana —me dijo llorando por vídeo—, debería haber protegido a esos bebés.
“Aún puedes hacerlo”, respondí.